Autor: José María de Juan Alonso*
Una de las cosas que más me preocupan, y espero que la ubicua crisis sirva para repararlo un poco, es la gran cantidad de dinero que se ha venido gastando en los últimos años en todo tipo de estupideces supuestamente orientadas a la promoción del turismo. Dentro de ello, el turismo rural ha sufrido especialmente.
Cualquiera de los que andamos metidos a fondo en este sector, hemos visto, sobre todo en los años de la abundancia del turismo rural con los primeros LEADER, a principios de la década de los noventa, como cualquier gerente o técnico ente absolutamente indocumentado en turismo y con asesores de similar calibre gastaba millones de pesetas en acudir a ferias a las que no iban nadie más que los del pueblo de al lado a ver si pillaban algo de comer, por poner sólo uno ejemplo, o a bolsas de contratación donde no había ni cita previa ni dossier de productos ni nada parecido.
Este proceso ha seguido ocurriendo hasta ahora, y simplemente ha ido reduciéndose ante le evidencia de la inutilidad de este tipo de acciones y ante la reducción de los fondos. Cuando este tipo de funcionamiento se multiplica por cientos de eventos y docenas de ferias la cifra resultante asustaría.
Así, posiblemente uno de los efectos buenos de una crisis de este tipo es que habrá menos dinero para gastar en promoción y a lo mejor lo comenzamos a gastar de forma inteligente, para variar. Por ejemplo, me ha tocado estar con personas que gestionan fondos públicos de turismo a las que les he tenido que explicar la diferencia entre una mayorista y una minorista, y cosas similares, como hacía en primero de carrera a mis alumnos de turismo. Los ejemplos que podría dar, sólo desde mi condición de pequeño consultor, son impactantes.
Esta situación sería disculpable en un país emergente y sin experiencia turística, pero en España, que se supone que exporta modelos de gestión y de formación en turismo, no creo.
Así, creo que además de hablar de turismo responsable, creo que debemos hablar de responsabilidad hacia el turismo. Esta responsabilidad se debería traducir para empezar en que se elija con mucho cuidado a los gestores de planes y departamentos de turismo asegurándose de que saben o asegurando un sistema que garantice que van a tener que contar con expertos, quieran o no quieran, cosa que actualmente no ocurre. La táctica de contar con la familia y con los amigos, tan española, sirve incluso para asignar fondos de miles y millones de euros en todo tipo de proyectos turísticos que luego, como era de esperar, no funcionan.
Curiosamente, siendo el turismo una gran industria, hasta ahora se le ha hecho más bien poco caso en el aspecto formativo; y la llegada del turismo a la universidad no ha arreglado las cosas (de esto podemos y debemos hablar otro día). Todavía se mezcla el concepto y los cargos públicos de turismo con los festejos populares, con el deporte, con la moda y con lo que haga falta; y cualquiera vale, aunque sea el último de la lista con el que no se sabe que hacer, porque hay un imaginario colectivo que piensa que el turismo es fácil. Al menos, la crisis está ayudando a demostrar que esto no es así, y que de fácil no tiene nada y se necesitan muchas mentes pensantes para que un destino funcione.
Esta charleta sería muy divertida como chascarrillo de bar o de congreso, siguiendo la española costumbre de criticarlo todo, venga o no venga a cuento; salvo que se trata de una situación que ha provocado el despilfarro de millones de euros en eventos absurdos que no atraen a turistas, que no aseguran la comercialización, que no crean productos, que no crean estructuras comerciales, que no profesionalizan el sector y un largo etcétera.
Esperemos que al menos de la reflexión salga un comportamiento más responsable.
Fecha:2008-09-12 04:24:00